miércoles, 4 de julio de 2018

Inciso veraniego

 
Ya antes de abrir el portal se había sentido raro, objeto de una difusa tutela, llevado de la mano por un ánimo insurgente que luego lo hizo subir por las escaleras en vez de usar el ascensor (vivía en un tercer piso, no es frecuente en nuestros días subir a pie hasta esas alturas). Por fortuna, las zonas comunes estaban desiertas: no se trataba con ningún vecino en especial -nadie se trata con nadie en las viviendas modernas- salvo los saludos mecánicos en el ascensor o el portal, pero aun así no convenía ser visto ejecutando actos insólitos. Podría correrse la voz entre el apacible vecindario y comenzar los murmullos desaprobatorios; podrían pensar que era un excéntrico, uno de esos jubilados solitarios que empiezan por usar las escaleras y un día acaban acuchillando a media comunidad, si no les da por ponerse a fumar y en un descuido queman el edificio... 

Los síntomas extraños continuaron manifestándose a la hora de preparar la cena: en vez de calentar en el microondas algún artículo precocinado, de pronto se vio a sí mismo ante unas patatas peladas y una pequeña cebolla, pelada también. Se vio a sí mismo, esa es la única definición posible: sus manos están cortando delicadamente las patatas en finas rodajitas; ahora pica la cebolla, ahora va a la nevera… ya está batiendo dos o tres huevos, cortando un trozo de chorizo también en rodajas… 

Estaba preparando una tortilla: era evidente. Y no una tortilla cualquiera, sino una de aquellas que le hacía su madre cuando era pequeño. Siempre fue de mal diente, y desde la infancia hasta su boda es probable que hubiese dado cuenta de varios miles de tortillas como esta. Luego, al casarse, la cosa cambió: su difunta esposa lo había ido acostumbrando a un buen cocido, todo tipo de pastas, pescado (siempre lo había odiado)… en fin, lo normal. Pero cuando quedó viudo y hubo de enfrentarse al problema alimenticio descubrió las asépticas ventajas de la cocina prefabricada. Total, si a su paladar le daba lo mismo… 

¡Qué rica me ha salido la tortilla! Se relamió. Bueno, ya fregaré mañana… ¿Fregar? ¡Pero si tengo lavaplatos! Es igual, mañana me lo pienso. 

Apagó la luz de la cocina y se dirigió a la sala, a ver un rato la televisión antes de que le entrase el sueño. Y ahí ocurrió otro encadenamiento de actos en el que la madurez fue sustituida por una adolescencia rebelde, contestataria. De nuevo lo involuntario suplantaba lo previsible: en vez de echar mano dócilmente al dócil mando a distancia, se quedó quieto mientras su vista se dirigía hacia las baldas superiores. En la altura siguiente, justo sobre la televisión, había un pequeño equipo musical compacto, flanqueado por una selección de "Grandes novelas del siglo XX". Años atrás, la hija de su hermano había conseguido empleo en una editorial que se dedicaba a la venta de este tipo de colecciones, y en la compra iba incluido el equipo más doce discos de música clásica: bueno, pues por hacerle un favor… 

Se sorprendió a sí mismo -otra vez- encendiendo aquel artefacto mientras seleccionaba un disco. A ver… este: "Las cuatro estaciones", de Vivaldi. Aunque nunca había oído -al menos conscientemente- una sola nota de esa obra, sabía que era muy famosa. Y a continuación echó un vistazo a los cantos de las novelas. Ahí sonrió confortado: recordaba algunas, del bachillerato. "La colmena"… no, esta creo que era muy triste. "Cien años de soledad". Buf. Mucho tiempo. Esta… "La metamorfosis". Franz Kafka. No sé. Esta creo que no la leí. A ver cómo empieza… 

Cuando se dio cuenta estaba sentado frente a la repudiada televisión silente, leyendo una extraña historia sobre un señor que acababa de despertarse convertido en escarabajo; mientras tanto, a su alrededor los instintos se desperezaban, las flores comenzaban a brotar, los amantes a requebrarse y un grupo de alegres pastores y ninfas danzaba en honor a la Primavera… 

Dos semanas después, alertados por el olor procedente del 3º C, los vecinos llamaron a la Policía. El forense dictaminó muerte natural. Naturalmente. 




Llega el verano, momento en el que un servidor corre al refugio hasta que pasen los calores, como es costumbre en un servidor. Felices fiestas o lo que sea, y hasta Septiembre. Ah, y pórtense bien; o pórtense mal, pero por un buen motivo.




 

sábado, 30 de junio de 2018

Versiones a montones (XI)



... De cómo una cancioncilla melosa vuelve a la vida vitaminada por una muchacha de rompe y rasga...

domingo, 24 de junio de 2018

Versiones a montones (IX)




Ya metidos en gastos, vamos ahora al concepto "Homenaje": aquí Jeff y Tal (la chica de la camiseta verde) hacen grande también a un Gibbons que posiblemente nunca hubiera esperado hallarse sobre un escenario junto a esos dos monstruos, y aún encima haciendo reverencia al Ausente (que, por ejemplo, es como se nombraba a José Antonio Primo de Rivera en los primeros años del franquismo). 

Y punto pelota. Espero de ustedes un mínimo sentido del humor. Negro.