domingo, 10 de julio de 2016

Vacances



El verano nos ha cogido por el cuello: hace calor, mucho, y lo más indicado es huir a otros climas.

De todos modos, siendo como soy tan aficionado a la vida contemplativa, ya me estaba agobiando el compaginar esta andadura con mi trabajo en el Bar de Rick, así que me voy a dar un largo paseo. Gracias a los que han paseado por aquí, tanto si dejaron recuerdo como si no, y hasta otra. En cuanto a los aficionados a la música ratonera, ya saben dónde estoy. En Septiembre nos veremos. 

Cuidado con el sol, que no es de fiar. 


viernes, 8 de julio de 2016

Princesa del Norte



Por ti espero, Princesa. Contigo sueño. A veces, en mis noches de angustia, de whisky sin hielo, de pensar en la muerte, hay momentos en los que una débil luz lejana traspasa las brumas de mi cerebro: cierro los ojos, me recuesto y quiero creer, por unos instantes, que tú existes y también me estás buscando. Sé que esa luz viene de ti, estés donde estés. Y entonces me pongo a imaginar nuestro encuentro. 

El día en que nos encontremos habrá pocas palabras. Será tan simple todo que pareceremos niños: la primera mirada será de incredulidad, no es posible, estoy soñando, qué raza es esta, qué especie de viajero espacial ha caído aquí... Pero sabemos que este día iba a llegar, debía llegar; y la curiosidad mutua hará que las yemas de nuestros dedos toquen la cara del otro, se deslicen por sus mejillas, circunden los labios, hasta concluir que sí, que es cierto, que la maravilla ha ocurrido. Quedaremos inmóviles unos instantes, asimilando el prodigio, y luego te tomaré de la mano: cualquier entidad material que exista a nuestro alrededor irá diluyéndose, difuminándose a nuestro paso, alimentando una cálida textura, el manto de la blanca pureza que ha de abrigarnos en nuestra primera noche. La noche en la que ambos seremos vírgenes para el otro. 

Eso seremos. Nada sabré de tu pasado esa noche, o lo sabré todo mirando en tus ojos de cansancio, de haber sufrido las mismas penalidades, de haber recorrido el mismo largo viaje que yo; nada sabrás o lo sabrás todo tú del mío, de cómo me han pesado estos años de aprendizaje entre sombras, sobreviviendo, dudando, almacenando conocimientos para entregártelos a ti, mi princesa. Para que esa noche sagrada sea digno de arrodillarme ante ti, para que tu espada se asiente sobre mi cabeza con dulzura, para que luego salte de un hombro al otro y yo sea nombrado por fin tu caballero, el que ha de guardarte. Y las tristes campanadas herrumbrosas que adocenan el tiempo de los humanos dejarán de sonar para nosotros: ese sinfónico silencio es el que honra la eternidad de los inmortales. 

En el tálamo, esa primera noche, no seremos animales desbocados: yo cubriré tu cuerpo con la hiedra rosada de mis besos, colonizaré tu orografía en la plena emoción, en la dulce sorpresa del neófito; me haré a ella como tú te harás a la mía, y solamente acariciarás mi sexo un instante para asegurar su rotundidad. Luego, cara a cara, mirándonos, como mandan los escritos antiguos, tu cuerpo quedará bajo el mío, me acomodaré a tu sagrada gruta y me internaré en ella con suavidad. Tú te abrazarás a mí en un olvido del mundo, olvido solidario, recíproco. Nuestro gozo demorado discurrirá en suaves gemidos, ajustaremos la pasión mutua hasta llegar al mutuo orgasmo en el mismo instante, compartido, fundido, único; y, cuando llegue, pido a los dioses que el temblor electrizante no nos impida mantener los ojos abiertos para que uno pueda ver el iris del otro fragmentándose: ver ese momento vidrioso en las pupilas. 

Luego, rendidos, desfallecidos uno junto al otro, te atraeré a mi regazo, pasaré mi brazo derecho bajo tu cuello y te dormirás con tu cabeza sobre mi pecho. Yo quedaré jugando con tu pelo hasta que el cansancio me duerma a mí también; la vela se consumirá y nuestro mundo quedará en penumbra, envuelto en el halo de amor que nacerá esa noche y que nos acompañará hasta el día en que se convierta en nuestra mortaja cuando nos toque abandonar esta carnalidad y emprender el viaje. Cuando llegue la hora del tránsito a tu reino en las cumbres blancas desde las que has bajado a buscarme. 






martes, 5 de julio de 2016

Futuro perfecto (y XII)



Según me contaron, a los comecocos les llevó casi un mes "reorganizar", más o menos, a Fernández. Yo me desentendí del asunto, no iba conmigo. El proyecto Cupido quedó abandonado, como es lógico; Martínez logró salvar el tipo, como siempre ha hecho, y los demás han vuelto a supervisar las patadas en el culo que los alegres estudiantes de Historia propinan a Fernando VII. La nave industrial que albergaba aquel desgraciado proyecto sigue intacta, con sus costosas máquinas acumulando polvo. El pueblecito da un poco de grima, tan solitario: ahora sí se le puede llamar "fantasma" con todas las de la Ley. De esto hace tres meses. Dicen que la próxima semana procederán a reciclar la zona, y las máquinas serán aprovechadas para otras utilidades. 

La semana pasada saltó la noticia: Fernández ha liquidado su participación en todas las empresas que se le conocen; con el dinero obtenido, parece que su intención es disfrutar de un año sabático -uno o varios, me sonrío yo. El gran público se ha llevado una gran sorpresa con la gran noticia, teniendo en cuenta la fama de bucanero de la que disfrutaba Fernández, pero a mí no me ha sorprendido tanto: tras aquel "gracias, Hernández" y antes de que cayeran los comecocos sobre él, tuvo tiempo a musitar "Ahora sé que tengo sentido. Creía que mi única utilidad era hacer dinero". Solo yo lo oí. Y me lo callé. 

No sé a dónde irá a parar Fernández, pero sé que ahora es otro: con menos poder pero mucho más valor. Y yo, que desde aquel día, en ratos libres, voy a esa nave y contemplo esas máquinas, que he llegado a acariciarlas -retirando la mano inmediatamente por pura vergüenza de mí mismo-, me sonrío con afectada crueldad recordando aquellas frases idiotas que se nos decían cuando éramos niños: "el futuro tecnológico es prometedor. En el futuro se solucionarán todos nuestros problemas, se curarán todas nuestras dolencias, se satisfarán todas nuestras necesidades. El futuro será perfecto". Y supongo que esas mismas frases, de un modo u otro, habrán sido dichas a nuestros padres, a nuestros abuelos, a todas las generaciones exhaustas de dolor, de miseria, de incomprensión por nuestra propia vida, por la ignorancia del sentido que pueda tener nuestra existencia. 

Trabajas. Ganas dinero. Lo gastas. Trabajas… Muchos otros antes que yo han sentido esa misma frustración, la de ser una pieza del engranaje a la que se engrasa con regularidad para que el conjunto no chirríe. Y estoy seguro de que muchos otros antes que yo han fantaseado, han soñado con algo parecido a lo que yo sueño en las noches de lluvia como será esta: encontrarme por fin con la Princesa del Norte que llevo desde niño en mi mente, en mi sangre, en mi alma, pero a la que no he visto nunca. La Señora que ha de abrir mis manos vacías para que de ellas surja volando la mariposa de mil colores. Soñar con que hay algo elevado, algo por encima de toda esta mierda, que me pueda redimir; que me justifique, que me haga tener sentido, como dijo Fernández. Ese grandísimo hijo de puta que de pronto quedó iluminado por la gracia. Esclarecido. 

Yo he decidido sacar rendimiento de esas máquinas por última vez. He estado trabajando en eso, sin que nadie lo sepa. Y tengo mi trabajo listo. Esta noche de lluvia, aprovechando mis privilegios de jefecillo, me quedaré a solas en la nave polvorienta para "verificar rendimientos y utilidades del equipo en vistas a ulteriores aplicaciones", tal y como he escrito en mi registro. Estaré yo solo. Bueno, solo no: estaré con mi Princesa del Norte. Quiero ver cómo vuela la mariposa de mis manos a las suyas. Y si mañana me encuentran muerto, me importa un carajo. Y si me encierran, también. 

Y que siga rigiendo el futuro perfecto, pero para otros: yo me bajo aquí.